El antiautoritarismo en Bertrand Russell: un escepticismo con proyección social

√Ālvaro Mart√≠nez Majado.
Alejandro Santerv√°s Delgado.

Abstract

Atendiendo a distintos conceptos relacionados con la desobediencia civil en particular, y con el conjunto de actuaciones de Bertrand Russell en el campo de la filosfiía política en general, se sostiene que hay una actitud antiautoritaria muy presente y muy importante en el pensamiento político de este autor.

Antimilitarisme
Foto de jimbowen0306 / Jim Bowen

Introducción

El propósito de las reflexiones subsiguientes es establecer hasta qué punto los elementos de que que podríamos entender antiautoritarismo están presentes en el pensamienro de Bertrand Russell y, en el caso de que los haya, de qué modo concreto se configuran o se ven limitados por otros en los postulados y las propuestas de actuación del autor.

Contexto

No es posible ahondar en lo que hay de antiautoritarismo en Bertrand Russell sin antes poner negro sobre blanco, en la medida de lo posible, algunos conceptos que est√°n estrechamente relacionados con una manera particular de entender el hecho pol√≠tico. Probablemente la misma inquietud que hace que Russell atienda con dedicaci√≥n a los asuntos l√≥gicos y matem√°ticos es la que le empuja en sus reflexiones morales: es el escepticismo y no otra actitud la que lleva a Rassell a dudar de los dogmatismos (cabr√≠a decir: a dudar. Y punto). Por de pronto, eso lleva a dos conseq√ľencias: que el castillo de naipes del dogma queda, claro est√°, demolido de un modo casi irreparable, por un lado; y, por otro lado, que el punto de vista desde el que se reflexiona se traslada, en √ļltima instancia, al individuo.

De lo √ļltimo da buena cuenta el escepticismo cartesiano, que lleva la duda met√≥dica a tal extremo que cae en el solipsismo: tan asociados est√°n escepticismo e individuo (individuo que duda) que, llevados a esa situaci√≥n extrema, casi se identifican. Cabe recordar no obstante que, en Russell, el escepticismo es cient√≠fico, no filos√≥fico: no hay desconfianza en el conocimiento objetivo y universal, al contrario; ni siquiera hay duda met√≥dica propiamente dicha, en un sentido estrictamente cartesiano. Lo que s√≠ hay es ¬ęla sana actitud que hace rodar con suavidad el progreso de la ciencia, invit√°ndonos a cuestionar continuamente las bases de las disciplinas que nos dieron la supremac√≠a sobre el planeta¬Ľ1, seg√ļn una definici√≥n de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Cr√≠tico.

Esta misma institución rechaza (de forma vehemente, de hecho) asociar tal actitud, de manera directa y necesaria, a un programa político determinado2, pero ello no conlleva que entre el escepticismo y un modo determinado de entender la política no haya relación alguna. Sin duda, la hay, puesto que situa a quien reflexiona en un punto de partida determinado.

Puestos a no aceptar ninguna verdad de partida, sino tras haberla puesto a prueba con suficientes contraejemplos, qu√© menos que proceder de un modo similar en cu√°nto a los asuntos comunes, esto es, la pol√≠tica: ¬ęEl mundo se ha convertido en la v√≠ctima de credos pol√≠ticos dogm√°ticos, de los cuales, en nuestro tiempo, los m√°s poderosos son el capitalismo y el comunismo. Yo no creo que, en una forma dogm√°tica y rotunda, ninguno de los dos ofrezca un remedio para los males previsibles.¬Ľ3

Antiautoritarismo

Hablando con propiedad sobre de qu√© modo particular concibe Betrand Russell el antiautoritarismo, m√°s bien habr√≠a que delimitar c√≥mo entiende los significados de ¬ępoder¬Ľ y ¬ęautoridad¬Ľ. Si se aglutinan estos dos conceptos bajo el t√≠tulo de ¬ęantiautoritarismo¬Ľ es porque, sin lugar a dudas, Bertrand Russell entra en tal terreno al cuestionar el poder coet√°neo en su esencia y proponer modos alternativos de ejercer la autoridad, m√°s respetuosos con la libertad, al parecer de nuestro fil√≥sofo, que los entonces vigentes.

Es posible ver un ejemplo paradigmático de su preocupación por el ejercicio del poder en el extracto que sigue:

“El Estado” es una abstracci√≥n; no siente ni placer ni dolor, no tiene ni esperanzas ni temores, y lo que consideramos sus prop√≥sitos no son, en realidad, sino los prop√≥sitos de los individuos que lo dirigen. Si en lugar de pensar en abstracto pensamos concretamente, en lugar de “el Estado”, veremos a determinados individuos que disfrutan de m√°s poder del que corresponde por lo general a la mayor√≠a de los hombres. As√≠ que la glorificaci√≥n de “el Estado” viene a ser, en realidad, la glorificaci√≥n de una minor√≠a gobernante.4

No cabe duda de que, probablemente con buen tino, lo primero que viene a la cabeza de muchas personas, al oir ¬ępoder¬Ľ, es la palabra ¬ęEstado¬Ľ. Y parece claro que puede deducirse de estas palabras una hostilidad, por parte de Russell, hacia el poder. Estar√≠amos en lo cierto si sostuvi√©ramos tal hip√≥tesis, siempre que tuvi√©semos claro que se ataca a una forma determinada de ejercer el poder, no al hecho en s√≠ de la existencia de las relaciones de poder puesto que son inevitables (por un doble motivo: por pesimismo biol√≥gico5 y por razones psicol√≥gicas, respectivamente):

Yo supongo que los impulsos originales, de los que derivan las ansias de poder que sienten algunos, se produjeron en tiempos muy primitivos propensos a la hambruna ocasional, cuando alguien quería asegurarse de que si los suministros de alimentos escaseaban, no fuese él quien tuviese que apretarse el cinturón. Y ello exigía poder.6

Creo que quiz√°s la esencia de la cuesti√≥n se encierra en la frase de los indios americanos que he citado hace un momento, en la que se expresa a√Īoranza de la antigua vida porque “en ella hab√≠a gloria”. Toda persona en√©rgica necesita algo que pueda considerarse “gloria”.7

Una vez aceptado esto, no queda m√°s remedio que considerar que hay modos adecuados de ejercer el poder, es decir, buenos o positivos desde el punto de vista √©tico, y modos malos de hacerlo. Entre estos √ļltimos est√° el modo vigente en cualquiera de los dos grandes bloques, tanto en el capitalista como en el comunista: ¬ęDurante siglos los reformadores lucharon contra el poder de los reyes, entablando despu√©s la lucha contra el poder de los capitalistas. Su victoria en esta segunda lucha ser√° est√©ril si √ļnicamente consiguen reemplazar el poder de los capitalistas por el poder de los funcionarios.¬Ľ

En un mundo polarizado, cabe preguntarse entonces si, en efecto, existe modo alguno de ejercer el poder, siendo así que las dos grandes alternativas han quedado descartadas. Russell es optimista en este sentido, pero de sus reflexiones se destila que hay elementos que favorecen el buen ejercicio del poder, así como hay otros que lo dificultan.

Entre tales elementos, est√°n el que haya la posibilidad efectiva de control radicalmente democr√°tico8, para lo cual lo √≥ptimo es que las organizaciones sean peque√Īas y aut√≥nomas, de modo que, adem√°s, se logra atomizar el poder; que se permita participar a quien se sienta impulsado a ello, para evitar lo que sucede en los sistemas que reprimen y prohiben, que es que ¬ęlas personas en√©rgicas se encuentran reducidas a la desesperaci√≥n¬Ľ9 al ver que no logran incidir; y, por √ļltimo, que se respete la iniciativa privada, dado que ¬ęcasi todos los adelantos art√≠sticos, morales e intelectuales, se deben a esa clase de individuos, que constituyen un factor decisivo en la transici√≥n de la barbarie a la civilizaci√≥n¬Ľ10. Es necesario, eso s√≠, que haya un control social, porque ¬ęla misma iniciativa individual que puede producir a un valioso innovador puede tambi√©n producir a un criminal¬Ľ11.

En conclusi√≥n, hay un componente antiautoritario claro en Russell en la medida en la que desconf√≠a del poder en grandes estructuras (como pudiera ser un estado), independientemente de quien gestione ese poder. Pero este autoritarismo no niega el poder, sino que en base a la observaci√≥n considera el ansia de poder algo consustancial a la naturaleza humana (¬ęes natural que los hombres en√©rgicos amen el poder¬Ľ12, afirma), m√°s all√° de que luego se presente desmedida en ciertos individuos, inh√°biles por lo tanto para un ejercicio √©tico del poder: ¬ęLos actuales poseedores del poder son hombres malos, y el actual modo de vida est√° sentenciado a muerte¬Ľ13.

Por lo que respecta a la autoridad, de forma en cierto modo an√°loga a lo que sucede con el poder, se ejerce de acuerdo con la √©tica o no dependiendo de como se haya obtenido. Y, dando de nuevo indicios de la importancia del antiautoritarismo, Russell est√° convencido de que puede tratarse de algo muy problem√°tico si no se ejerce desde la √©tica, algo ante lo que el individuo puede poner su dignidad por delante, a modo de escudo. De hecho, debe hacerlo, y es motivo de gloria y ejemplo de hero√Įcidad tal modo de actuar:

S√≥crates fue ejecutado por la autoridad, pero permaneci√≥ perfectamente sereno en sus √ļltimos momentos porque hab√≠a realizado su obra. Si lo hubieran abrumado con honores, pero sin permitirle realizar su obra, habr√≠a sufrido una pena mucho mayor.

Nos encontramos de nuevo ante una bifurcación: aceptada la existencia de relaciones de autoridad, solo cabe confiar en que estas puedan desarrollarse éticamente o en contra de la ética.

Esto segundo sucede cuando la autoridad no es legítima, no se ha obtenido por métodos legítimos como la radicalidad democrática. En su libro Teoria y práctica del Bolchevismo Russell expone cómo los procedimientos que deberían garantecer la legitimidad democrática en la Rusia soviética no hacen realmente tal cosa:

Antes de ir a Rusia yo imaginaba que iba a presenciar un interesante experimento de una nueva forma de gobierno representativo. Vi, en efecto, un intresante experimento, pero no de gobierno representativo. Todo el que est√© interesado en el bolchevismo sabe de la serie de elecciones, desde la reuni√≥n aldeana hasta el Soviet de todas las Rusias, de las que se supone que derivan su poder los comisarios del pueblo. Se nos ha dicho que, mediante la deposici√≥n de funcionarios p√ļblicos por votaci√≥n popular, los grupos de votantes formados por v√≠nculos profesionales, etc., se hab√≠a encontrado un mecanismo mucho m√°s perfecto para averiguar y registrar la voluntad popular. (‚Ķ) Ning√ļn sistema concebible de libre elecci√≥n podr√≠a proporcionar mayor√≠a a los comunistas, ni en la ciudad ni en el campo. En consecuencia, se han adoptado diversos m√©todos para dar la victoria a los candidatos del gobierno.14

Una vez m√°s, el problema est√° en saber si existe, descartadas las opciones comunista y capitalista, un modo acorde con la √©tica de ostentar la autoridad. Est√° claro, a juicio de Russell: ¬ęLo que hace falta es una democracia local en peque√Īa escala en todos los asuntos internos; los jefes y administradores deber√≠an ser elegidos por aquellos sobre los que han de ejercer autoridad.¬Ľ15 Salvando las distancias, pone el caso de la Grecia cl√°sica como modelo, en lo que tiene de democracia directa (no por lo que respecta a la exclusi√≥n de ciertas personas de la posibilidad de sufragio, claro est√°). Se trata, pues, de una democracia radical, favorecida por un demos relativamente peque√Īo y facilmente delimitable como paradigma, muy en la l√≠nea de la soluci√≥n propuesta a los problemas √©ticos comentados al hablar de poder.

Desobediencia civil

No nos debe sorprender que alguien para el que el paradigma de democracia es una decisión tomada, sin intermediarios, en el seno de una agregación de individuos, tenga muy en cuenta, y muy en consideración, la desobediencia civil:

Si tengo una convicción profunda de conciencia de que debo obrar de una manera condenada por la autoridad gubernamental, mi deber será obrar de acuerdo con mi convicción. Y, recíprocamente, la sociedad debería concederme la libertad necesaria para poder seguir mis convicciones salvo cuando existan razones muy poderosas para impedírmelo.16

Para la preocupaci√≥n que se destila de el extracto anterior hay pocas expresiones m√°s acertadas que ¬ędesobediencia civil¬Ľ. La primera parte del t√©rmino alude a que la acci√≥n realizada consiste en un desaf√≠o del individuo a la autoridad establecida. Es la segunda parte la que matiza y aporta m√°s datos: civil remite a cives, ciudadano, y a lo p√ļblico en contraste con lo privado, porque se trata de algo que solo tiene sentido si se hace con publicidad. Adem√°s, aleja el concepto de lo militar, acerc√°ndolo, pues, por contraposici√≥n, a la no-violencia17.
Una acci√≥n p√ļblica, no violenta, a menudo colectiva y que desaf√≠a la ley. Es el √ļnico reducto √©tico que le queda al individuo para protegerse de una autoridad que le encorseta. Para Russell no hay tal cosa como una supeditaci√≥n de la legitimidad a la legalidad: no puede aceptarse, desde la filosof√≠a moral, un axioma como ¬ęes leg√≠timo porque es legal¬Ľ. Muy al contrario, algo es leg√≠timo solo si es profundamente √©tico, independientemente de lo que diga la ley al respecto.

Ello no debe entenderse, de ning√ļn modo, como una invitaci√≥n con car√°cter general a desobedecer el conjunto de leyes establecidas. Hay en Russell, es cierto, una confianza profunda en el individuo, en su capacidad y en su valor como tal: ¬ęTodos los avances de la historia humana, desde tiempos inmemoriales, son debidos a individuos la mayor√≠a de los cuales hubieron de enfrentarse con una virulenta oposici√≥n p√ļblica¬Ľ18. Pero ello no se traduce en una suerte de anarquismo individualista o, dicho de otro modo, ello no significa que la intervenci√≥n de la sociedad hacia el individuo sea, siempre y de modo universal, contrario a la √©tica. Al contrario: ¬ęYo creo que la preservaci√≥n de orden social es algo esencial. Habr√≠a que conseguir, si fuera posible, un mundo en el que nadie robara, ni nos mat√°ramos los unos a los otros, y as√≠ sucesivamente; cosa que conseguimos, en parte, mediante la polic√≠a. Creo que este tipo de limitaciones de la libertad son completamente necesarias, especialmente, en una comunidad con mucha poblaci√≥n¬Ľ19.

Debe entenderse, sin embargo, como un derecho (reconocido o no) profundamente digno; o, por mejor decir, como un deber profundamente √©tico: ¬ęcuando sienten imperiosamente un impulso, comprenden que no pueden obedecer a la autoridad si √©sta ordena lo contrario de lo que ellos sinceramente creen que es bueno.¬Ľ20 El importante componente antiautoritario que lleva a alguien a proponer acciones de esta naturaleza es claro y evidente: se trata de un desaf√≠o frontal a la autoridad.

Resistencia noviolenta

Convocados por el ¬ęComit√© de los 100¬Ľ que presid√≠a Russell, fueron muchos quienes en 1961 se sentaron en la v√≠a p√ļblica bloqueando las puertas del Ministrio brit√°nico de Defensa. De ello da buena cuenta una documentada aunque descaradamente sesgada cr√≥nica publicada por el diario La Vanguardia21, que lleg√≥ de manos del corresponsal a la Redacci√≥n a trav√©s de teletipo.
En uno de los bloqueos, la polic√≠a procedi√≥ a la detenci√≥n de varios manifestantes, que fueron conducidos a dependencias judiciales y multados una vez all√≠. A√ļn sabiendo que muchos de los c√≥digos penales o civiles de distintos pa√≠ses tipifican la desobediencia a la autoridad como falta o delito, muchos de los manifestantes anunciaron que no pensaban obedecer los requerimientos de la polic√≠a al proceder a su detenci√≥n, sino que se limitar√≠an a quedarse sentados o tumbados en el suelo.
Se trata de una de las mejores herramientas del desobediente civil; un tipo evidente de resistencia a la autoridad, con un modo de actuaci√≥n escrupulosamente √©tico que esquiva el uso de la violencia y, a la vez, cumple con el famoso aforismo de Gandhi seg√ļn el cual ¬ęla no-cooperaci√≥n con el mal es un deber tan evidente como la cooperaci√≥n con el bien ¬Ľ22.

La violencia, sin embargo, no es directamente reprovable desde el punto de vista ético, a juicio de Russell, sino que depende de las circunstancias23. Sin embargo, sí que se observa que, en su pensamiento, violencia y ética tienen un dificil encaje. Por un lado, en su libro La conquista de la felicidad, asegura:

Muy a menudo, [hay quienes] se enga√Īan a s√≠ mismos haci√©ndose creer que solo est√°n preparando el terreno para despu√©s construir algo nuevo, pero por lo general es posible destapar este enga√Īo, cuando se trata de un enga√Īo, pregunt√°ndoles qu√© se va a construir despu√©s. Entonces se ver√° que dicen vaguedades y hablan sin entusiasmo, mientras que de la destrucci√≥n preliminar hablaban con entusiasmo y precisi√≥n. Esto se aplica a no pocos revolucionarios, militaristas y otros ap√≥stoles de la violencia. Act√ļan motivados por el odio, generalmente sin que ellos mismos lo sepan; su verdadero objetivo es la destrucci√≥n de lo que odian, y se muestran relativamente indiferentes a la cuesti√≥n de lo que vendr√° luego.24

Y la explicación se completa, más adelante, como sigue:

Supongamos que estamos metidos en una campa√Īa pol√≠tica y trabajamos con todas nuestras fuerzas por la victoria de nuestro partido. Hasta aqu√≠, bien. Pero a lo largo de la campa√Īa puede ocurrir que se presente alguna oportunidad de victoria que conlleve utilizar m√©todos calculados para fomentar el odio, la violencia y la desconfianza. (…) Puede que gracias a ellos logremos nuestros prop√≥sitos inmediatos, pero las consecuencias a largo plazo pueden ser desastrosas.25

Puede concluirse de los extractos, a modo de s√≠ntesis, que la violencia nace del enga√Īo (en el peor de los casos; del error, en el mejor de ellos) las m√°s de las veces; y conduce, desde luego, a consecuencias negativas. Algo fruto del error y que se traduce en el desastre no es desde luego compatible con la √©tica.

La responsabilidad social del científico

Del mismo modo que se le exige al arquitecto, al hacer los planos, que lo que proyecte no termine por caerse a las primeras de cambio, se le debe poder exigir al intelectual que no se crea con patente de corso para decir cualquier cosa sin antes reflexionar en torno a todas las dimernsiones que le sea posible. Por supuesto, también, de hecho particularmente, el científico debería reflexionar sobre la dimensión social en lo que trabaja. Si bien es cierto que la ciencia es algo instrumental, no todos los intstrumentos sirven por igual a cualquier fin. Tampoco es cierto que se haga ciencia de la misma manera pensando en un fin ético que teniendo intenciones perversas detrás. Y, finalmente, no se puede afirmar que la ciencia se materialice de una manera invariable con independencia de si está en unas manos o está en otras. Hay margen de maniobra, en fin, más que suficiente, como para que el cintífico reflexione en torno a todos estos elementos; a cambio, quien renuncie a hacerlo no puede escudarse en un supuesto carácter neutral de las disciplinas cientificas que queda falsado por la evidencia precisamente de la existencia de este margen.

Bertrand Russell es un ejemplo de compromiso con este principio. En este sentido, el personaje de Russell tiene una doble naturaleza: fil√≥sofo y pol√≠tico, en en sentido m√°s amplio y m√°s noble de la palabra ¬ępol√≠tica¬Ľ. No es solo el hecho de que Russell es consciente de que el cient√≠fico debe cuidar de la responsabilidad social de su obra, es que dedica parte de su obra de manera directa a la filosof√≠a moral.

Manifiesto Russell-Einstein

La posibilidad de acabar literalmente con el planeta Tierra que los seres humanos tienen en su mano, por primera vez, tras los avances que se suceden una vez lanzadas las dos bombas atómicas, constituye sin ninguna duda un cambio de paradigma en toda regla, por lo menos en lo que se refiere a la reflexión sobre la paz. Nunca hasta ese momento la Humanidad como especie biológica había estado amenazada de tal manera.

Es por esa razón que Russell redacta un manifiesto en el que se pone sobre la mesa la preocupación que este hecho le causa, y acto seguido contacta con Einstein para averiguar si comparten la inquietud y se puede presentar un texto conjunto firmado por eminentes científicos, a ser posible, provinientes de países en hostilidad manifiesta y también de países neutrales. Einstein accedió26.

El futuro del mundo, que evidentemente est√° por construir, aparece en el texto a modo de disyuntiva: ¬ę¬ŅPondremos fin a la raza humana; o la humanidad renunciar√° a la guerra?¬Ľ27 Ello constituye lo vertebrador de la parte argumentativa del Manifiesto, pero, para concluir, hay una parte dispositiva:

En vista del hecho de que en cualquier futura guerra mundial las armas nucleares ser√°n sin duda empleadas, y que esas armas nucleares amenazan la continuidad de la existencia del ser humano, urgimos a los Gobiernos del mundo a tomar conciencia, y a reconocer p√ļblicamente, que sus prop√≥sitos no pueden alcanzarse por medio de una guerra mundial, y los instamos, en consecuencia, a encontrar medios pac√≠ficos para la soluci√≥n de todo conflicto o disputa entre ellos.28

Este Russell redactor del Manifiesto es el mismo Russell que sabe perfectamente que ¬ęuna de las m√°s obvias [maneras de clasificar el poder], diria yo, es la de la aplicaci√≥n directa de la fuerza para dominar a las personas. Este es el poder de los ej√©rcitos y de las fuerzas de polic√≠a¬Ľ29. Un manifiesto que apela al comportamiento √©tico y a la concienciaci√≥n y movilizaci√≥n de la opini√≥n p√ļblica contra lo que da poder al poder no deja de ser un desaf√≠o.

Conferencias Pugwash y la CND

Al fin y al cabo, con toda probabilidad, para un poder ejercido del modo que critica Russell, probablemnete es más fácil perpetuarse si grupos influyentes como los científicos reununcian a reflexionar sobre su responsabilidad social: qué se investiga, para qué, y en qué manos acaba la investigación.

Del empuje del Manifiesto surgieron las Conferencias Pugwash, que ten√≠a (y tiene a√ļn) como prop√≥sito reunir a los cient√≠ficos con conciencia y procupaci√≥n social, y en particular por ¬ęreducir el peligro de conflictos armados y buscar soluciones desde la cooperaci√≥n a problemas globales¬Ľ30, seg√ļn se puede leer actualmente en su p√°gina web.

Es especialmente significativa la contundencia de las palabras con las que el f√≠sico Joseph Rotbalt abre su discurso Las m√ļltiples caras de la conciencia social de los cient√≠ficos 31, dedicado precisamente a las Conferencias Pugwash de las que √©l mismo era participante. Lo son porque constituyen un testimonio especialmente eloq√ľente del esp√≠ritu que motiv√≥ la aparici√≥n de esta organizaci√≥n, aunque esten escritas 37 a√Īos despu√©s de la primera de las Conferencias:

Los cient√≠ficos no pueden vivir aislados de otros grupos sociales que, junto con ellos, forman la comunidad mundial, ni pueden ignorar los acontecimientos que afectan a la sociedad, particularmente aquellos que surgen del mundo de la ciencia. Las torres de marfil en que alguna vez pretendieron vivir, fueron finalmente derruidas por la presi√≥n y calor de la bomba de Hiroshima. En esta era nuclear, cuando el mal uso de la ciencia literalmente puede destruir toda la civilizaci√≥n, los cient√≠ficos no deben evadir por m√°s tiempo su responsabilidad con la sociedad, escud√°ndose en frases como: ¬ęla ciencia debe desarrollarse por su propio valor¬Ľ; ¬ęla ciencia es neutral¬Ľ; ¬ęla ciencia no tiene nada que ver con la pol√≠tica¬Ľ; ¬ęa la ciencia no se le puede culpar por su mala aplicaci√≥n¬Ľ; y ¬ęlos cient√≠ficos son s√≥lo trabajadores t√©cnicos¬Ľ. 32

Por otro lado, en el marco de la Campa√Īa para el Desarme Nuclear (identificada por sus signas en ingl√©s: CND), llevada a cabo en paralelo a las Conferencias Pugwash, Russell aglutin√≥ en una suerte de plataforma, de la que fue presidente, a distintos grupos que compart√≠an de preocupaci√≥n por la amenza del avance de la tecnolog√≠a militar nuclear. La experiencia acumulada en la CND y en las Conferencias Pugwash fue lo que persuadi√≥ a Russell de que hab√≠a que pasar el testigo a otra clase de estructura u organizaci√≥n que implicara la movilizaci√≥n masiva. Tal fue el prop√≥sito que explica que surgiera el Comit√© de los 10033.

Comité de los 100

De todos los, por llamarlos como hemos estado haciendo hasta ahora, desafíos al poder establecido en los que participa Russell, probablemente el del Comité de los 100 fuese el más directo.

Efectivamente, corri√≥ a cargo del Comiot√© de los 100 la organizaci√≥n de distintos actos de desobediencia civil con el objetivo de alertar a la opini√≥n p√ļblica sobre la inminencia del peligro. Bien es cierto que hubo voces cr√≠ticas con la actuaci√≥n de Russell, voces que nuestro fil√≥sofo trat√≥ de responder en un art√≠culo titulado La desobediencia civil y la amenaza de la guerra nuclear34.

El nucleo central de la argumentaci√≥n pretende rebatir una opini√≥n extendida entre los cr√≠ticos, seg√ļn la cual no es moralmente aceptable desobedecer las leyes de los estados democr√°ticos, siendo as√≠ que el propio Russell acepta que ¬ęSin ley una comunidad civilizada es imposible. Donde haya una general falta de respeto por la ley, seguro que se seguir√°n todo tipo de consecuencias perniciosas.¬Ľ35 Replica Russell que ¬ęHay muchos casos en los que gobiernos nominalmente democr√°ticos dejan de hacer efectivos principios que los amigos de la democracia respetar√≠an.¬Ľ36 y que para valorar si algo es √©tico o no, por encima de la obediencia a un c√≥digo a modo de Dec√°logo que, por su propia naturaleza, no puede ser adecuado de forma universal, est√° la posibilidad de valorar los efectos y las consecuencias de nuestras acciones, para ver hasta qu√© punto son √©ticas.

Tambi√©n hay en el texto razones de √≠ndole pr√°tica para apoyar la desobediencia civil, que tienen que ver con la necesidad de hacer saber a una √°mplia opini√≥n p√ļblica la importancia del peligro en un per√≠odo corto de tiempo o la dificultad de comunicar una verdad: ¬ęCuando es dif√≠cil averiguar la verdad, existe una tendencia natural a creer lo que afirman las autoridades oficiales. Especialmente en aquellos casos en que esto permite a la gente considerar sus inquietudes innecesariamente alarmistas y rechazarlas.¬Ľ37

Todo eso no obstante, no olvida Bertrand Russell, a la hora de justificar la existencia del Comit√© de los 100, destacar la argumentaci√≥n que brilla por su contenido √©tico-pol√≠tico: ¬ępor encima de todas las consideraciones pol√≠ticas, est√° la determinaci√≥n de no ser c√≥mplices del peor crimen que la humanidad haya contemplado jam√°s.¬Ľ38

Conclusiones

Tal y como se ha comentado hasta ahora, en el modo particular de Bertrand Russell de entender las relaciones de poder y las relaciones de autoridad, y en el modo particular de reflexionar sobre las herramientas posibles de actuación política, el pensamiento de este filósofo presenta al menos los siguientes elementos de que que podríamos llamar antiautoritarismo:

  1. se busca la protección del valor, la dignidad y la iniciativa personal del individuo frente a estructuras (de poder, de autoridad) pretendan encorsetarlo, sin perder de vista un necesario equilibro y
  2. se valora la autonomia, la organizaci√≥n en estructuras peque√Īas y el radicalismo democr√°tico con actenci√≥n a valores √©ticos con el objetivo, declarado de manera expl√≠cita o no, de evitar al m√°ximo posible que el individuo sienta que recibe imposiciones, a la vez que se deja la puerta abierta a la intervenci√≥n del conjunto sobre el individuo para aquellos casos en los que no haya m√°s remedio.

Por otro lado, las iniciativas de actuación política al frente de las cuales estuvo Russell estan impregnadas irremediablemente de tintes antiautoritarios: van dirigidas hacia las herramientas de perpetuación del poder y tienen en la desobediencia su principal baza.

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2¬ŅY si no me gustan las implicaciones pol√≠ticas del escepticismo? En: El FAQ de la lista esc√©pticos. Santiago Arteaga. ARP – Sociedad para el Avance del Pensamiento Cr√≠tico. 1999. <http://www.arp-sapc.org/listas/faq.html#escept>.

3Autoridad e individuo. Bertrand Russell. Fondo de Cultura Económica. México; Buenos Aires, 1949.

4Ibídem.

5Se refiere a Russell como ¬ępesimista biol√≥gico¬Ľ y como ¬ępesimista plat√≥nico¬Ľ en distintas ocasiones el bi√≥grafo J. F. Yvars en: Bertrand Russell. J. F. Yvars. Edicions 62. 1991, Barcelona. P√°gs. 97 y ss.

6La meva concepció del món. Bertrand Russell. Edicions 62. 1976, Barcelona. Pàg. 47.

7Autoridad e individuo. Bertrand Russell. Fondo de Cultura Económica. México; Buenos Aires, 1949.

8Siempre hay que contar con la natural inclinaci√≥n de ciertos humanos al ejercicio del poder. En este sentido, de ning√ļn modo la eficacia puede ser arguida como cortapisa de la legitimidad que da la democracia: ¬ęDesde luego, frecuentemente es necesario tomar decisiones sin esperar los resultados de un lento proceso democr√°tico, pero siempre debe haber posibilidades, por una parte, para decidir democr√°ticamente trayectorias generales, y por otra, para criticar los actos de los funcionarios sin temor a sufrir castigos por ello. Puesto que es natural que los hombres en√©rgicos amen el poder, es de suponer que, en la mayor√≠a de los casos, los funcionarios deseen tener m√°s poder del que es debido. Por tanto, en toda gran organizaci√≥n existe la misma necesidad de vigilancia democr√°tica que en el campo pol√≠tico.¬Ľ Autoridad e individuo. Bertrand Russell. Fondo de Cultura Econ√≥mica. M√©xico; Buenos Aires, 1949.

9Ibídem.

10Ibídem.

11Ibídem.

12Ibídem.

13Teoria y pr√°ctica del bolchevismo. Bertrand Russell. Ariel. 1968, Esplugues de Llobregat (Barcelona). P√°g. 11 y ss.

14Ibídem. Pág. 48 y ss.

15Autoridad e individuo. Bertrand Russell. Fondo de Cultura Económica. México; Buenos Aires, 1949.

16Ibídem.

17La desobediencia civil. María José Falcón y Tella. Marcial Pons, ediciones jurídicas y sociales. 2000, Paracuellos del Jarama (Madrid). Págs. 21 y ss.

18La meva concepció del món. Bertrand Russell. Edicions 62. 1976, Barcelona. Pàg. 85.

19Ibídem. Págs. 86 y ss.

20Autoridad e individuo. Bertrand Russell. Fondo de Cultura Económica. México; Buenos Aires, 1949.

21La campa√Īa de desobediencia civil a favor del desarme. Trist√°n La Rosa. La Vanguardia. 1961, Barcelona. P√°g. 19.

22Recogido en: Por la vida, la paz y el desarme: no pagues impuestos para la guerra (1982). Asamblea Andaluza de Noviolencia. En: En leg√≠tima desobediencia. Alternativa antimilitarista ‚Äď moc. Traficantes de Sue√Īos. 2002, Madrid. P√°g. 161.

23Bertrand Russell, pensamiento y actuación para la paz en el mundo nuclear. Jordi Mir Garcia. En: Filosofia de la paz. Francisco Fernández Buey, Jordi Mir y Enric Prat (eds.). Icaria. 2010, Barcelona. Pág. 227.

24La conquista de la felicidad. Bertrand Russell. Debolsillo / Random House Mondadori. 2003, Barcelona.

25Ibídem.

26Bertrand Russell, pensamiento y actuación para la paz en el mundo nuclear. Jordi Mir Garcia. En: Filosofia de la paz. Francisco Fernández Buey, Jordi Mir y Enric Prat (eds.). Icaria. 2010, Barcelona. Págs. 218 y ss.

27Manifiesto Russell-Einstein. Bertrand Russell; Varios autores. Textos de econom√≠a, paz y seguridad, Vol 1, N¬ļ 3 (junio 2008). <http://www.eumed.net/rev/tepys/03/re.htm>.

28Ibídem.

29La meva concepció del món. Bertrand Russell. Edicions 62. 1976, Barcelona. Pàg. 47.

30 About Pugwash. Pugwash Conferences on Sicence and World Affairs. pugwash.org <http://www.pugwash.org/about.htm>.

31Las m√ļltiples caras de la conciencia social de los cient√≠ficos. Joseph Rotbalt. Revista Ciencias (Facultad de Ciencias, UNAM). N√ļmero 36 Ocrubre-Diciembre 1994. <http://www.journals.unam.mx/index.php/cns/article/view/11423/10748>.

32Ibídem.

33Bertrand Russell, pensamiento y actuación para la paz en el mundo nuclear. Jordi Mir Garcia. En: Filosofia de la paz. Francisco Fernández Buey, Jordi Mir y Enric Prat (eds.). Icaria. 2010, Barcelona. Págs. 222 y ss.

34La desobediencia civil y la amenaza de guerra nuclear. Bertrand Russell. Insumissia ‚Äď Antimilitaristas.org. 2005. <http://www.nodo50.org/tortuga/Bertrand-Russell-La-desobediencia>.

35Ibídem.

36Ibídem.

37Ibídem.

38Ibídem.